El Espejo Trino del Agua
En el principio, el mundo era sed y el cielo una promesa vacía. El primer río, en su descenso desesperado desde las montañas vírgenes, tropezó con un núcleo de fuego olvidado por la creación. De ese encuentro violento y hermoso, donde el agua intentó apagar el incendio y el incendio quiso evaporar el río, nació el rubí. Es la sangre de la tierra endurecida por el primer beso del agua, una lágrima de brasa que tiembla en el fondo de los arroyos subterráneos, calentando las corrientes que alimentan los manantiales de la vida.
Donde el río se cansaba de correr y se entregaba al abrazo de la tierra, formó lagunas mansas y pantanos profundos. Allí, el agua se fundió con el lodo y la raíz, absorbiendo el verde eterno del bosque en un sueño sin fin. De esa unión paciente brotó la esmeralda. Ella es la clorofila misma atrapada en un cuerpo mineral, una gota de lago estancado que el tiempo convirtió en piedra, preservando la frescura y la promesa de brote que solo el agua dulce conoce en su viaje hacia la madurez.
Y más allá, donde la tierra se acaba y el río muere en la inmensidad, el agua se encontró con su propio reflejo en el vacío. El océano, hondo y sin orillas, miró hacia arriba y el cielo, en un gesto de amor absoluto, le entregó su color más sagrado. En ese abrazo de dos infinitos, donde el azul no tiene fin, cristalizó el zafiro. Es la memoria del mar congelada en el tiempo, un fragmento del abismo marino que se siente sólido, pero que en su interior aún guarda la paz abisal y el secreto de las mareas.
Por eso, cuando estas tres joyas descansan juntas, se escucha un murmullo que no es de este mundo. El rubí es el agua que canta con la fuerza del géiser; la esmeralda es el agua que nutre y calla en el bosque; y el zafiro es el agua que sueña en el fondo del océano. Son las tres voces del agua, el espejo trino en el que el mundo contempla su propia alma líquida, hecha piedra pero siempre viva.
Deja un comentario